CUENTOS FAMILIARES

 

Por Maria Jesús Rodriguez Pueyo

PADRE, COGEME, PONME LA MANO AQUÍ Y CUENTAME UN CUENTO…

         Anochecía Cuando llegaba tío Elías a su casa de trabajar. Juan, su hijo, lo estaba esperando con impaciencia. Al verlo salió corriendo hacia él.
- ¡Padre - le dijo- cógeme, ponme la mano aquí y cuéntame un cuento!
- Que no, Juan, que vengo negao. Espérate un rato.
 Pero Juan no podía esperar y le tiraba del mono arrastrándole hacia una silla cerca de la lumbre.

- ¡Mila, que ya estoy aquí! -gritó tío Elías a su mujer.
- ¡Anda y atiende un rato al muchacho que es que hoy me tiene acobardá, no hay forma de entretenerle…! -le contestó tía Milagros desde la cocina.
Y tío Elías comenzó, perezosamente, a atender al muchacho.

- Bueno, vamos a ver, ¿qué cuento quieres que te cuente?
- El que sea… y ponme la mano aquí.
El bueno de tío Elías le sentó sobre sus rodillas y poniéndole la mano en la espalda comenzó el cuento…

                                     “La zorrita y la cigüeña”        

      En el arroyo de la Anguilucha, ahí cerca de los baños, la zorrita y la cigüeña se juntaron a la puerta del molinillo. Estaba cerrado; miraron por la ventana y no había nadie dentro pero vieron que había harina y decidieron hacer unas puches.

 Como la zorrita decía que ella no podía entrar porque la ventana estaba muy alta, entró la cigüeña y sacó la harina.
- ¿Dónde las hacemos? -dijo la zorrita-.
- En una alcuza, -dijo la cigüeña-.
- No, no, que ahí no cabe mi boca, mejor en una baranda.

Las hicieron en la baranda  y como estaban muy calientes,  decidieron echarse la siesta mientras se enfriaban y acordaron que la primera que se despertara llamaría a la otra para comérselas.

 La zorra, como es tan zorra, estaba al cuidao de que se durmiera la cigüeña.

Cuando la cigüeña se durmió, ella se levantó, se comió todas las puches y se volvió a echar la siesta. Y ya muy tarde, muy tarde, se despertó la cigüeña y dijo:
- Zorrita, vamos a comernos las puches que ya estarán frías.

 

 Fueron juntas pa allá y no había puches y empezaron a discutir. La zorrita decía que se las había comido la cigüeña y la cigüeña que había sido la zorrita. Así discutían hasta que la zorrita quiso matar a la cigüeña.
La cigüeña la dijo:
- No me mates y te llevaré al cielo a la boda de unos primos míos que se van a casar.
Entonces la zorrita le dijo:
- Tú puedes ir porque vas volando pero yo no puedo.
- Pues te montas encima de mí y te llevo.

Se montó la zorrita y la cigüeña empezó a volar, volar, volar,…, y cuando iban muy alto empezó a ladearse y decía la zorrita:
- ¡Cigüeña, cigüeña, no te ladees que me caigo!.

Pero la cigüeña se siguió ladeando hasta que la zorrita no pudo aguantar más y se cayó…y cuando venía pa abajo, vió que iba a caer encima de una peña y decía la zorrita:
-¡Quita peña que te parto, que si desta salgo y no me muero, no quiero más bodas en el cielooo!.

 

     Atento como Juan estaba todo lo que su padre decía, le preguntó:
-¿Y se mató la zorrita?
- No sé, -dijo tio Elías-, cuando vayas por la Anguilucha, si ves una zorrita, como será de su familia,  le preguntas qué le pasó a aquella zorrita que fue a una boda al cielo.

- ¡Vale!, ahora cuéntame el cuento de “las vacas del abuelo Antonio”.

     En esto que entró tia Julia la vecina y oyendo lo que contaba el padre le dijo a Juán:
- No le hagas caso, si lo que te cuenta es mentira.
- Me da igual, cuéntamelo, padre, aunque sea mentira.

 - Pues verás, el abuelo Antonio iba a arar con una yunta de vacas a Cañalafuentes, ahí al lao del Castrejón y a mediodía soltó las vacas para que comieran; luego se echaron la siesta y una se durmió.

 Pasó por allí una zorrita y dijo:
- ¡Ay va, una vaca muerta!. Voy a llamar a los zorritos, nos traemos una soga, se la atamos y nos la llevamos a la cueva para comérnosla.

Los zorritos eran tres. Uno se llamaba Matías, otro Tomás y otro Vicente.
Ataron la soga a la vaca y empezaron a tirar los zorritos de ella. Con los tirones, la vaca se despertó y salió corriendo pa el pueblo.
Los zorritos, se enredaron en la soga y  la vaca se los llevaba arrastrando.
La zorrita los llamaba:
- ¡Matías, déjate desas porfías!
- ¡Vicente, suelta la soga y vente!
- ¡Tomás, suelta la soga y no tires más!
 - ¡Si la soga no se rompe y el nudo no se desata vais a ir a parar todos an cá el amo de la vaca!.

Y los zorritos, enganchaos en la soga, fueron a parar al corral del abuelo Antonio que cogió un palo y… no se les ha vuelto a ver más por allí.

Cuando tía Milagros llegó con la cena, Juan ya se había quedado dormido…